René Escobar y su viaje pendiente

Para René Escobar, viajar es siempre una actividad gratificante e imprescindible de nuestras experiencias a las que como seres humanos tenemos derecho, o por lo menos deberíamos.

La fascinación por descubrir lo desconocido no puede explicarse con palabras, no puede congelarse tampoco en una diapositiva o en una fotografía por tan refinado que sea su obturador. Al viaje se debe lanzar sin pensar en otra cosa que en la vivencia, una situación en la que nuestros sentidos despierten de su letargo y rejuvenezcan con una actitud mejor a la que tenían antes de apagarse por la rutina.

Desde los principios de la historia, la humanidad ha estado encantada con la idea del nomadismo, deambular de un lado al otro le ha permitido adquirir diversos conocimientos que hoy forman parte de nuestra vida cotidiana. El desplazamiento constante también es una necesidad para encontrarnos a nosotros mismos fuera de nuestra área de confort. El viaje constituye sin dudas uno de los vestigios más hermosos que llevamos dentro de nuestro ADN.

René Escobar ha confesado alguna vez que aún tiene pendiente conocer el Polo Sur, una empresa que no está interesado en desechar y que día a día despierta en él una emoción mayor. No es para más, el Polo Sur ha sido objeto de atracción desde que se supo de su existencia. Las condiciones climáticas han impedido el desarrollo de culturas en sus tierras, las cuales están en la actualidad habitadas por naturaleza salvaje que no tiene lugar en ningún otro rincón del mundo. Este paraíso inhóspito despertó en René miles de historias que trae consigo desde sus más tiernos años, en los que la imaginación constituía una forma de vida: “pisar una tierra carente de la presencia humana, libre del tiempo y de las ataduras de lo cotidiano, eso es lo que me encantaría encontrarme en el Polo Sur, un lugar místico que hechiza el alma de sólo evocarlo”.

Tímpanos de hielo que levantan del océano, en el rincón más remoto de la geografía mundial; la escenografía perfecta para cristalizar nuestros más profundos anhelos infantiles que por fin tienen un nombre y un lugar para depositarlos: eso es el Polo Sur, una tierra que dista por mucho de las crónicas y que merece experimentarse por lo menos una vez en la vida. Porque nuestra piel puede describir con una precisión infinita lo que una palabra no es capaz siquiera de percibir.