De lo perdido, lo ganado: el Monumento a la Revolución

Es, por decir lo menos, un poco extraño estar parado frente al Monumento a la Revolución. Piénsenlo, el proyecto original contemplaba esta estructura como el próximo Palacio Legislativo pero se quedó a medias. No, ni eso. Imaginen que están construyendo un edificio cerca de sus casas y no terminan de construirlo, así que la gente prefiere simplemente convertirlo en un monumento.

En este caso en particular resulta hasta irónico, porque no se terminó de construir una de las ideas que tenía el entonces presidente de México, Porfirio Díaz y luego de que triunfara el movimiento de revolución en su contra, se convierte en símbolo de su derrota.

En 1897, por orden del antes mencionado, se abrió el concurso para proponer ideas para el nuevo edificio. El elegido fue el arquitecto italiano Paolo Quaglia, quien murió antes de siquiera poner su idea en marcha. Desde ahí, todo mal.

Fue entonces que Émile Bérnard -de origen francés- presentó una inmensa idea, de haberse concretado, hoy tendríamos un edificio de tamaño mayor al del Capitolio de Washington D.C.

Convencido por el trabajo que le habían presentado, Porfirio puso la primera piedra el 23 de septiembre de 1910, que además era un acto para festejar el centenario de la Independencia de México.

Luego de varios sucesos, la construcción se detuvo definitivamente, aunque se trató de salvar y reanudar la obra en más de una ocasión. La idea de utilizar lo que se había levantado como un homenaje a los héroes de la Revolución Mexicana fue del arquitecto Carlos Obregón.

Hoy, tenemos no solo un mausoleo, sí, bellísimo a su manera, sino que además es un mirador desde el cual se puede apreciar la belleza de la ciudad. Aquí coexisten los estilos Art Nouveau y Arte Decó. Hoy no lo veo como algo que pudo haber sido, sino como algo que va a ser.

Abraham Cababie Daniel.